Hablaba hace unos días con un muy querido colega, hábil él en las nuevas tecnologías y amante del cine como un servidor (lo de las nuevas tecnologías se lo dejo a él), y reflexionábamos acerca del cine en general. Los novedosos, caros y poco desarrollados proyectores digitales que copan las salas de exhibición, los proyectores clásicos (mal llamados analógicos), los clientes de los cines, los recintos dónde se proyectan las películas…de todo un poco. La conversación no venía de sorpresa, vaya, ambos nos dedicamos a la cinematografía, aunque sobre algunos aspectos derivamos en posiciones contrapuestas.
El cine, inventado en 1895 por los hermanos Lumière, ha pasado por multitud de etapas y se ha reinventado a sí mismo en otras tantas ocasiones. Luis y Auguste, con su primera cámara-proyector, ofrecieron a pequeños auditorios películas mudas, en blanco y negro, y de poca duración. Después, el metraje de las películas se incrementó, los primeros efectos especiales hicieron su aparición y las películas ya no eran solo meras pruebas de que la realidad se podía registrar. A finales de los años 20 aparece el sonido como hermano indiscutible de la imagen proyectada, y los cines eran entonces auténticos palacios del cine, con pantallas enormérrimas, ataviados con lujosos cortinajes, iluminaciones, cómodas butacas y amplias filas. Después apareció el color en la pantalla, los autocines (en 1933), el cinemascope (1953) o el 70mm Todd-Ao (1955), todos ellos avances técnicos. Luego aparecen el sonido digital, los diferentes tipos de Dolby y también los cines multipantalla, en un logrado intento de diversificar la exhibición de cine en un mismo recinto. Los sistemas de video doméstico (VHS, Beta o Sistema2000) hacen la competencia a la exhibición de cine y con la apertura de los videoclubs tiene lugar una fuerte crisis del cine que obliga a cerrar infinitud de salas en las cuatro esquinas del mundo. Unido al cambio del modelo de ocio y la adquisición de otras pautas de consumo por parte de la sociedad, el cine se ve inmerso en una inquietante espera. ¿Qué ocurre con el cine, a dónde va? Mientras tanto (hablo ya de finales de los 90), multitud de salas de pueblo cierran por falta de público: mientras se cuelga el cartel de CESE DE NEGOCIO los niños corretean por las calles o acompañan a los padres a los centros comerciales: es ahora el lugar favorito para consumir películas a través de una pantalla.
Hoy, más consolidadas, y a pesar de que muchos multicines cerraron (ya se sabe lo que pasa si hay 40 pantallas en una misma ciudad…), los que abren cada día sus puertas hacen taquilla suficiente como para que sea un negocio rentable. Ahora, los proyectores digitales emergentes comienzan a copar las salas y se oferta proyección digital (de peor calidad que la de 35mm) y 3 Dimensiones en un desesperado intento por pegar las espaldas de los clientes al respaldo de las butacas, incluso subiendo el precio de las entradas (los nuevos aparatos son caros, sí). Y vaya, parece que de momento funciona porque no se cuál será la razón, pero todo aquel producto que lleva el apellido “digital” ya tiene más visos de ser vendido. Como que es más bueno, más…mejor. Más moderno.
El cine es la historia de una reinvención constante en poco más de 100 años de existencia. La demanda ha cambiado; la oferta también, los avances técnicos convierten las salas de cine en circos estáticos donde el espectáculo está asegurado. Incluso el modelo de exhibición ha cambiado al punto que una película no dura en cartel un mes: en 1970 podía estar un par de años de un cine. Y ello unido al mal de la piratería, no augura nada bueno. Pero esa reinvención no está nada clara, al menos, para el que suscribe.
Los empresarios optan por los avances técnicos que apunté (y dudo que la proyección digital sea hoy un avance), y raro es quien no ha visto una proyección tridimensional, amén de que no todo lo filmable lo es en 3D ya que sería un mero artificio). La cuestión fundamental es estudiar el modelo cultural y de ocio de los ciudadanos. Quien va al cine, por qué, en qué condiciones, qué películas ven, por qué, cuál es el poder adquisitivo de los clientes, qué les gustaría encontrar en un cine, qué ven que sobra y qué echan a faltar. Eso hay que preguntar a los consumidores de una sala: hay que desgranar al cliente y conocerlo, hacer que sus necesidades y sus querencias sean aprehensibles. En aquella conversación a la que hago referencia al principio de mi perorata, hice mención al modelo industrial de sala de cine en la actualidad. El número de pantallas se incrementa hasta las dos docenas en interminables recintos cinematográficos dónde es incluso difícil hacer la programación. Se cuadran los horarios de tal manera que quepan el mayor número posible de sesiones, y en las salas se escatima en comodidad con tal de encajar más butacas y por ende, vender más entradas. Adquirir la entrada se convierte en un proceso frío, hosco y desalentador en el que una taquillera sin sonrisa te dispensa el billete a través de un cristal blindado y cuya metálica voz, si es que se escucha, te llega a través de un agujerito o un paupérrimo micrófono. Un insulso personaje te indica con voz mecánica la ubicación de tu sala mientras te corta la entrada, y si llegas tarde nunca hay acomodador que te guíe a tu asiento.
El cine ha de vender sentimiento, sensaciones, magia, trato. No sólo espectáculo, el cine ha de ser un recinto lleno de humanidad, de bonitos colores, comodidad y encanto. ¿Qué fue de los palacios del cine que poblaban las ciudades? ¿Qué fue de aquella sonrisa de la taquillera que te invitaba a que disfrutaras de la película? ¿Dónde quedan las cortinas, los focos, las moquetas, los amplios vestíbulos, la exquisita decoración? ¿No es eso acaso, la esencia del cine? Es necesario volver a ese estilo de exhibición y recuperar la humanidad del cine. La introducción de los proyectores digitales y el 3D en las salas convencionales sólo sirven para mantener caliente el muerto, no para rediseñar la manera de ofrecer películas al público. Es sólo un parche y con el tiempo se hará más evidente. Contra la piratería no se puede luchar blindando los sistemas de proyección: se hace ofreciendo algo distinto. Mientras se instalan proyectores que valen al menos 100.000 euros cada uno, mantienen unos empleados en la sala que son como máquinas automáticas, antipáticos, impersonales, desafectos. Algunos me tildarían de sentimental, otros lo harían de simplón. Incluso los hay que no me tildan porque no me leen ni me escuchan, pero a fe mía que encuentro, y no tendría que buscar mucho, a al menos un creyente en esta tierra poblada de herejes.







En serio me ha parecido estar en una de mis clases de historia del cine o critica cinematografica… aunque todo lo que hablas también lo di en producción. Pero todo se resume en verdad, que estamos ante la gran decadencia del cine, nunca estuvo tan en crisis el cine como lo esta en los ultimos años. Además se habló mucho de esto cuando se estrenó King Kong por toda la parafernalia que se instauró por la pirateria y el “top manta”… incluso se miraba la opción de sacar a la vez las peliculas en dvd cuando se estrenaran en cine para que así la gente no consumiera tanto top manta…. para colmo los guionistas sin cobrar bien y pasa lo que pasa que no hay mucha historia original….por no decir apenas… y… bueno la historia de siempre, esque me pondría hablar horas de este tema porque hay para mucho, ais me hace sentir tan universitaria con las horas de cafeteria jajaja
todo lo que sale ahora es para conseguir dinero para tapar esa crisis cinematografica..que si el 3D que se cobra mas cara la entrada de cine…la imagen digital un poco menos… si ya veis ahora en los cines ya ponen que si partidos de futbol o conciertos en directo o semidirecto…si esque se hace de todo para poder… no se, pagar a los pobres que se dedican hoy en dia hacer peliculas en un mes cuando antes tardaban 10 meses…
Gracias por el comentario, Clara. Realmente hay que sentarse a pensar sobre este asunto…
Yuri, la entrada al cine cuesta siete euros, la gente se los piensa dos veces para entrar tal y como están las cosas, lo cual significa que la industria debería también adaptarse si quiere sobrevivir. No pueden ofrecer estiércol cinematográfico (el 80% de los estrenos) cual caviar ruso. La prueba es, y en esto no estoy de acuerdo contigo, que sí existen películas que duran más de un mes en cartelera, ahí tiene Gran Torino que se ha mantenido en los UGC hasta la salida de la peli en DVD. Y es que todavía algunos directores ofrecen un valor añadido llamado contenido-calidad al espectáculo cinematográfico. Otro ejemplo que promete mantenerse más de un mes, Malditos Bastardos, pocas veces puede se puede asistir a un estreno en V.O. con la sala repleta, muy muy pocas.
La industria sabe perfectamente que le gusta y no a cada sector de público, saben hasta el número que calzamos. Otra cosa es que quieran bajarse del burro que cabalgan desde hace años, si lo hacen el flujo monetario está asegurado (en España es al revés, cuanto peor es la película y menos gente la ve, más dinero tiene asegurado su director para futuros proyectos… a cargo del contribuyente!).
Por cierto, tengo la impresión de que la pésima calidad ultimamente por el cine hollywoodiense tiene algo que ver con la famosa huelga de guionistas, que según se dice muchos de ellos terminaron trabajando para la televisión, lo cual vendría a confirmar el éxito de las series norteamericanas.
Saludos y Libertad!