En los países regidos por sistemas democráticos representativos, el interés por estudiar el comportamiento del gasto público durante los períodos electorales y pre-electorales ha ido aumentando considerablemente ya que de este estudio han derivado conclusiones que han venido a confirmar la existencia de ciertas prácticas políticas a caballo entre la desfachatez y el populismo barato.
A tenor del estudio de las cifras económicas y la asignación presupuestaria, tanto en tiempo como en forma, de un Gobierno dado, encontramos que los presupuestos generales de una administración se aplican en función de la cercanía de un período electoral. En numerosos países de Latinoamérica, como El Salvador, México, o Argentina se han realizado este tipo de estudios por parte de organismos de notable y reputada independencia como pueden ser las Universidades o versados estudiosos de la ciencia política o la economía. Al chocar con toda esa información y estudios sobre los ciclos electorales y económicos, y observar que provenían de una zona geográfica limitada y con una idiosincrasia muy marcada, entendí que fueran los latinoamericanos los más preocupados por el problema del que vamos a ocuparnos. Luego diré por que.
Observemos una localidad cualquiera, de aproximadamente tres mil habitantes en dónde cada cuatro años, tres formaciones políticas se disputan el ejercicio del poder institucional, esto es, el Ayuntamiento y la Junta de Gobierno. Una situación normal, vamos*. En este escenario, un pueblo pequeño y con una competencia política limitada, estamos en el año uno de la legislatura. El alcalde lleva 12 años presidiendo el Ayuntamiento. Han pasado doce meses desde las elecciones. Hay aceras que no están asfaltadas o que tienen serias deficiencias. Calles sin iluminar o con una iluminación deficiente. El alcantarillado necesita de una urgente reforma. Las papeleras tiempo ha que han sufrido el vandalismo de las pandillas de adolescentes y no han sido repuestas, aún habiendo pocas papeleras en un principio. La piscina del pueblo lleva años sin arreglarse y presenta un aspecto sombrío y destartalado, aunque en el programa político del partido que ha ganado la Alcaldía venía reflejada la loable intención de arreglarla y ofrecer a los vecinos del municipio un espacio agradable donde mitigar el sofocante calor veraniego. El programa político de ese partido también incluía, amén de muchas otras cosas y en el sentido del aspecto externo del municipio, la reforma de una plaza que hace años que tiene un aspecto lóbrego, socavones, una fuente que no funciona y bancos rotos donde los jubilados no pueden ir a sentarse y compartir con sus homólogos sexagenarios las batallitas de los años cincuenta. En este pueblo que presentamos, en el año uno de esa legislatura, también hay un colegio al que se accede por una calle sin asfaltar y en el que los niños, madres y padres han de sufrir polvaredas, piedras y socavones. El asfaltado de las calles es también deficiente, la señalización, pobre y desgastada. El cuerpo de policía local del pueblo cuenta con dos agentes y ambos libran en fin de semana, dejando al pueblo sin una mínima vigilancia. El vehículo del personal de mantenimiento es un Patrol antiguo de los bomberos de una ciudad cercana donado al Ayuntamiento que con dificultad, pasará la ITV. No se realizan actividades culturales, ni cine, ni teatro, ni exposiciones. La Casa de Cultura abre en contadas ocasiones y su salón de actos no cumple con las condiciones ni de seguridad, ni las condiciones técnicas para ofrecer servicios culturales con una mínima calidad. El mismo programa político pretendía adquirir un coche-escoba con el que limpiar las calles. Es el año uno de la legislatura y todavía quedan tres años más para agotarla. El Ayuntamiento, ejerciendo el compromiso que adquirió con los ciudadanos cumpliendo un programa político con el que ganó las elecciones, se arriesga a “agotar” la actividad institucional que tiene en sus manos realizar. Si intenta cambiar en poco tiempo el estado de la realidad que hemos descrito, aún cumpliendo su programa y haciendo posible lo que es necesario, el partido en el poder no podrá hacer que los vecinos conserven en su memoria actuaciones recientes que avalen su gestión y que les hagan llegar a las próximas elecciones con una idílica imagen de ese Ayuntamiento que hace que los vecinos tengan un pueblo agradable y que cumple los compromisos electorales. ¿Qué ocurre en ese pueblo que describimos? Que el Ayuntamiento está un par de años más sin ocuparse esas cuestiones que para el resto de los mortales requiere de una atención inmediata, y en el año cuatro de la legislatura, a punto de agotarla, y a seis meses vista de las elecciones municipales, el gobierno local sufre un ataque de generosidad en el que algunas, y solo algunas calles, mejoran su asfaltado y sus aceras. Máquinas taladradoras, hormigoneras y albañiles invaden algunas calles y plazas. Se reponen las papeleras que faltaban y que habían sido destrozadas, en los jardines de ponen flores o se podan los setos. Además, se repintan algunas señalizaciones, se ponen bancos que inmediatamente ocuparán viandantes y jubilados y se barren las calles por las que antes no pasaba ni una escoba. Y si hace falta, para enaltecer esa imagen de Ayuntamiento preocupado, consecuente y generoso, se alquila una máquina barredora, se le ponen unas pegatinas a los lados con el escudo del pueblo y Ayuntamiento de nosedónde, y se le hace creer a los vecinos que el compromiso de adquirir la barredora, aunque cuatro años tarde, se cumple. Esta barredora se pasea por el pueblo unos días y después de las elecciones desaparece y nadie la vuelve a ver. Los vecinos, maravillados por el giro espontáneo del pueblo, renuevan a la corporación municipal en sus cargos en premio por su reciente y fugaz gestión. Una vez pasan las elecciones, con los mismos compromisos en el programa electoral que les da la victoria, el Ayuntamiento sufrirá un lamentable letargo de algo más de tres años y a su despertar, un bostezo adornará las calles del municipio. Esta situación que narro, que parece sacada de alguna película de Fellini o de Berlanga, es la que miles de vecinos de cientos de municipios de España han de sufrir. Ayuntamientos totalmente pasivos que ponen en marcha las actuaciones que prometieron a los ciudadanos cuándo la legislatura está a punto de terminar a veces incluso saltándose la norma que impide a los Gobiernos inaugurar instalaciones u obras civiles en periodo electoral, que son los 15 días antes del día de las elecciones.
Es de esta manera tan poco formal como la actividad económica relacionada con la obra civil, infraestructuras y obras públicas varias sufre aumentos espectaculares en los periodos que preceden a unos comicios electorales. Efectivamente, y llegados a este punto, observamos que la práctica política que narramos es que los dirigentes de las administraciones despachan las obras civiles cuándo la cita electoral está cerca, de modo y manera que la promoción de esos logros se puede hacer extensiva durante la campaña, aunque no se haga de manera fáctica y visible. Y como ya apuntábamos antes, los ciudadanos tienen la falsa sensación de que la actividad de un Ejecutivo, ya sea central, autonómico o local, es intensa durante toda la legislatura. Y sólo es hacia al final cuándo los Gobernantes se acuerdan, intencionadamente, de que los ciudadanos tienen demandas, piden cosas, quieren pueblos bonitos, instalaciones de las que hacer uso y disfrute. Las empresas de contratación de albañiles, maquinaria para obra, excavadoras, hormigoneras, material de construcción y empresas varias de servicios sufren unos espectaculares picos en sus devengos debido a este artificial ciclo económico-electoral. En el periodo pre-electoral es cuándo el uso de los servicios de estas empresas se dispara, los Ayuntamientos terminan las obras empezadas y paralizadas o las que fugazmente y debido a la coyuntura electoral. A nivel autonómico, el gobierno de una comunidad termina el último tramo de una carretera, un ferrocarril, la apertura de un dique del puerto o vaya usted a saber qué cosa: la cuestión es tener contentos a los posibles votantes y no perder la ejecución del poder institucional en las elecciones. No obstante, este tipo de engañosas prácticas para el ciudadano tiene diferente comportamiento según el nivel que sea objeto de análisis. Un Gobierno central está sometido por ley al control del Parlamento y éste puede reprobar al Gobierno en caso de que demorara una obra para terminarla en un periodo en el que la finalización de la misma fuera un triunfo para el partido en el Gobierno de cara a unas elecciones. Así, además del control del Parlamento, el Gobierno central cuenta con la pertinaz mirada crítica de la opinión pública. Ésta va a definir, con mucha seguridad, la actividad del Gobierno y va a sumarse al Parlamento en la tarea de controlar los desmanes del Ejecutivo, por lo que el colegio ministerial y su jefe van a cuidarse de no utilizar las infraestructuras para atribuirse el éxito de las mismas. No afirmo categóricamente que ello no ocurra y que los controles sean efectivos, pero las probabilidades de que exista mayor control a nivel estatal son mayores que a niveles inferiores. A nivel autonómico, las posibles del chanchullo que comento se elevan. Atendiendo a la idiosincrasia de los Gobiernos Autonómicos, éstos le echarán la culpa al Gobierno (incluso si son de su mismo color político) en caso de que una obra no se finalice en el tiempo establecido. Falta de financiación, intereses partidistas u otras menudencias pueden alegarse en esa pretensión de cometer la desfachatez que es hacer coincidir la puesta en funcionamiento de una obra con las elecciones. Además, por la ya tenida experiencia, las televisiones autonómicas tenderán a obviar noticias de este tipo, cosa que no ocurre con las televisiones nacionales, que aunque están acusadas de fiscalizar los noticiarios, el control es infinitamente menor. Asimismo, la opinión pública de una Comunidad Autónoma puede no tener ni la misma voracidad, ni el mismo peso que a nivel nacional. Esto va a depender de las pautas de cultura política de la sociedad de esa Comunidad, que si bien no puede atribuirse una idiosincrasia propia, si que podríamos, en caso de estudiarla, diferenciar las pautas de cultura política de unas regiones u otras y quizás hallaríamos notables diferencias.
Y llegamos al nivel local. Pero el nivel local de poblaciones de menos de aproximadamente 15.000 habitantes o menos. Ahí es dónde se dan las mayores perversiones y donde la broma ya incluso duele. La falta de opinión pública cristalizada en periódicos, radios o televisiones locales hace que esa opinión sea un boca a boca que está monopolizado por las noticias del corazón local, el marujeo, se me entiende. Los gobiernos locales no cuentan con una oposición pública fuerte, y el Pleno del Ayuntamiento poco puede hacer por cambiar la acción de gobierno de muchos Ayuntamientos. El carácter endogámico y familiar de la política local en municipios pequeños favorecen que la habitual práctica de convertir las obras municipales en galardones o medallas sea demasiado frecuente, y por ende, muy poco sano. Evidentemente, el Ayuntamiento echará la culpa al gobierno autonómico, o al central, incluso a la Unión Europea, que lejos de ser una institución que nos haga a todos cada vez más europeos, es el chivo expiatorio de los que hacen política para tontos. Los pequeños municipios, y hablo desde la experiencia, hacen de esta práctica un mandamiento, casi un precepto religioso institucionalizado. Así, como ya he apuntado, las empresas dedicadas al suministro de lo necesario para la obra civil, tanto a nivel nacional, autonómico o local, como hemos visto, ven sus ingresos aumentar si las elecciones se aproximan peligrosamente. Y los que sufrimos estas situaciones, poco podemos hacer.
Referíame en la introducción, que la mayoría de ensayos sobre la cuestión que abordamos provienen de países de Latinoamérica como El Salvador, Argentina o México, lugares donde el comportamiento económico de las élites políticas en periodos pre-electorales preocupa y mucho. Los Gobiernos latinoamericanos, desde hace ya unos lustros, vienen desarrollando políticas populistas que consisten en ofrecer regalías al pueblo; esto es, mantenerlo contento, con el uso de prácticas ilegales y saltándose el Estado de derecho si fuera necesario a fin de que la ciudadanía valore bien el Gobierno y sus actuaciones. Por este motivo, gobiernos latinoamericanos acentúan la práctica aquí descrita y ejecutan obras civiles e infraestructuras únicamente en periodos pre-electorales e incluso dentro de las campañas electorales. Los gobernantes hacen creer, en aras de afianzar ese rancio populismo, que es el líder político el que “da”, “consigue” o “construye” esa obra civil que en ocasiones, es fundamental para el desarrollo o la vida de los ciudadanos en un lugar determinado: hospitales, colegios, carreteras… Las obras se paralizan a conveniencia y a finales de la legislatura, el Gobierno es capaz incluso de infundir temor a la población haciéndole creer que si otros partidos ganan, las obras nunca se terminarán. En definitiva, el problema de la inacción de los políticos durante largos periodos con el fin de finalizar obras previamente a la campaña se agrava en Latinoamérica, dónde los Ejecutivos tienen un fuerte carácter populista. En España, este problema es un producto de la picaresca, comportamiento típicamente español que ya inauguró el famélico Lazarillo.
Los políticos han sabido cuidar los tiempos, las cadencias, y administrar el montante estatal a fin de que la administración de los recursos, redunde en beneficio del mantenimiento de un Gobierno en el poder antes que del beneficio del ciudadano. Nuestras pautas de cultura política, las de los españoles, ya nos permiten ser conscientes de este tipo de actuaciones y valorarlas tal como merecen, no obstante, y a pesar de las variables de control que existen, como el Parlamento o Ayuntamientos, y la opinión pública, el hecho de que sigan existiendo no hacen más que ahondar en mi profunda desafección por la clase política y su camarilla.
Dijo Groucho Marx: “paren el mundo que yo me apeo”. Yo, me bajo con él.
*La situación descrita se da íntegra en elmunicipio valenciano de Catadau.







A pesar de lo que aqui cuentas, las cosas podrían ser peor.
Con respecto a la policia, te quejas de que tienen un patrol viejo de los bomberos.
Hace menos de diez años, la policia local de Catadau tenía tres cuerpos, la policía antidisturbios, la policia motorizada, y un vehículo de persecución.
La policia antidisturbios era un policia con una linterna, que patrullaba por el pueblo.
La policia motorizada era el mismo policia cuando patrullaba con un vespino SC, que tendría al menos sus diez años.
Por último, el vehículo de persecución era un seat panda, que ya por entonces tendría sus quince años mínimos, que ni siquiera estaba rotulado como un coche de policía, sino que con un spray negro llevaba marcado policia local, como quien rotula un cartel de prohibido pegar carteles en una pared.