El 11 de septiembre de 1973 el mundo, en lo que a expectativas de futuro, de cambio, de esperanza se refiere, sufrió un grave revés del que, según mi más sincera opinión, jamás se recuperaría. El doctor Salvador Allende, el socialista tranquilo, aquel que representaba el cambio democrático, que suponía la posibilidad de facto de que el socialismo podía tener lugar sin tener que mediar una revolución sangrienta o de clases, fue asesinado por una mezcolanza de enemigos que se había labrado por el mero hecho de ser respetuoso con la constitución, con los demás, con una idea, con el cambio, con el pueblo.
Konstantino Gavras, director de cine franco-griego, comprometido con los ideales sociales, que nos ha sorprendido con películas como la que también reseñé con anterioridad, Amen, en la que narraba los horrores del holocausto judío, no desde la perspectiva del horror, sino desde la perspectiva de la complacencia más desgarradora por parte de la Iglesia Católica, de los propios países Aliados, de los Neutrales y de la propia sociedad Alemana, confundida y manipulada por el aparato de propaganda Nazi. Nos narra en esta ocasión la desesperada búsqueda de Charles Horman (un jovencísimo John Shea), un joven americano con ideales de izquierda que se encontraba en Chile para vivir el sueño de una posibilidad, por parte de su padre Ed Horman (un genial y deslumbrante Jack Lemmon) y de la joven esposa del desaparecido, Beth Horman (Sissy Spacek).
Sin hacer mención específica al país concreto, pero si nombrando la ciudad en la que se desarrollan los acontecimientos, Santiago, o la ciudad donde empezó el alzamiento, Valparaíso, y de paso recorriendo las calles, el sentir de la gente, mostrando poco a poco la trama política y de manipulación de la que ha sido víctima el país entera, y hacia el final el mundo entero, Konstantino Gavras nos va guiando por un mundo caótico, por un infierno de sangre, de despotismo, por un Yakarta que difícilmente sería concebible en el mundo libre y desarrollado occidental.
Lo más impactante de la película, al igual que hiciera con anterioridad en Z, o posteriormente en Amén, no es lo que el director nos muestra, si no tan sólo lo que nos deja entrever, lo que sucede entre bambalinas, lo que pasa entre las sombras. Unas sombras aterradoras en las que se dilucida la mano oculta de los servicios de inteligencia americanos, la CIA. Una sombras que muestran que el estado utópico que Allende consiguió labrar en tan sólo tres años, pese a la crisis económica en la que el propio estado imperialista y capitalista por antonomasia, EEUU, había sumido, estaba condenado de antemano por la artera mente de Nixon y de su asesor Kissinger.
La película estrenada en 1982, causó mucho revuelo en EEUU por las implicaciones que el director había conjeturado. Por no hablar de que estuvo totalmente censurada en Chile hasta el fin de la dictadura de Pinochet, uno de los mayores genocidas del Siglo XX, levantado a pulso por la administración estadounidense.
El papel del anteriormente mencionado Jack Lemmon, es el verdadero hilo conductor de la película. Mostrando como de una posición inicialmente liberal, poco a poco, conforme los datos van sacudiendo su estructurada concepción de su país y de lo que ocurre en el mundo, se va transformando en una persona escéptica, una persona que ha dejado de creer en la libertad, en la verdad, en la igualdad, en la oportunidad, en América. Aunque como alegato final, quede la rabiosa frase de despedida dirigida a las autoridades americanas en Chile “Doy gracias a Dios, porque en mi país aun se puede meter a personas como ustedes en la cárcel”.
Recomendabilísima película sobre como muere un sueño y como el despertar es mucho más aterrador que cualquier pesadilla.








Jo, chicos, menuda recomendación. No he visto la película pero voy a ver si la encuentro y puedo verla. El tema de Chile es un tema que siempre me ha conmocionado y Salvador Allende una figura admirada desde hace años. Si he visto Amén y me encantó. Por lo que me fío de vosotros y voy a verla como culturilla general y como disfrute.
La verdad, chicos, ese 11 de septiembre, se acabaron muchos de los sueños y de la esperanza del planeta. Y teneis razón, algo se perdió para siempre.